Niña pequeña con bici y casco

Foto de swambo (BY CC-SA)

La Sala Apolo estaba a tope. Era esa hora en la que el ambiente de la noche está en su mejor momento: ni muy pronto, ni muy tarde. Ese punto en que la gente está más suelta que al principio pero sin llegar a desfasar.

Yo estaba soltero y sin compromiso, con el radar puesto y la testosterona subida. Tengo que confesar que, a pesar de que no me comía un rosco desde hacía tiempo, mi nivel de exigencia con las chicas era muy alto. Tímido y exigente: una mala combinación según me dijo una amiga en su día.

Yo estaba en la pista central con dos amigotes de cuando íbamos al instituto. Se supone que bailábamos.

Y entonces apareció.

Una chica morena de veintipocos, guapísima, delgada y con melena. Con unos ojazos y una carita de ángel… ¿Qué queréis? En el fondo soy un romántico. No recuerdo cómo pero conseguí llamar su atención y empezamos a hablar. Le arranqué alguna sonrisa y eso me dio esperanzas. Decidí no hacerme el pesado y fui a pedir un cubata. Me entretuve después un poco con mis amigos y volví a su zona. He olvidado qué hice al volver a verla pero me acuerdo de que estaba muy cerca de ella y que pensé: “Ahora o nunca”.

Me armé de valor y se lo dije…

***

Con veinticinco años descubrí la música jazz. Durante más de un año fui a gran cantidad de conciertos. También compré muchos CDs de estilos de jazz variados. Quedaba embelesado al escuchar los magníficos solos de los grandes músicos de la historia del jazz y de los músicos en directo que escuchaba. A los veintiséis años decidí que no sólo quería disfrutar del jazz como oyente, quería también aprenderlo.

Empecé entonces a estudiar en una escuela de música moderna. Partía casi de cero. Tenía algunos conocimientos de cuando tenía ocho o nueve años, época en que mi madré me apuntó a clases de solfeo y piano clásico (sin que yo lo pidiera).

Lo curioso es que de pequeño no me gustaba tocar el piano pero se me daba bien y de mayor no se me daba bien pero me gustaba la idea de saber tocarlo.

De adulto estuve ocho años estudiando solfeo, armonía y piano (que luego cambié por la trompeta). En solfeo y armonía era bastante bueno pero el piano no era lo mío, ¿por qué engañarnos? Compaginaba una jornada laboral con las horas de práctica del instrumento y el solfeo.

Entonces trabajaba como programador de aplicaciones. Cuando salía a las seis de la tarde tenía la sensación de que el día comenzaba en aquel momento. Una sensación muy desagradable, sobre todo en invierno cuando “mi día” empezaba de noche.

Era muy pesado llegar a casa a las siete de la tarde y ponerme a practicar piano un par de horas seguidas. Un día que estaba muy agobiado practicando acordes nos visitó César, amigo de mi compañero de piso y mío. Me preguntó por qué hacía música si me acababa agobiando. Le dije que no tenía mucho tiempo para estudiar y que lo tenía que hacer cuando estaba cansado después de un día de trabajo.

Con una lógica aplastante mi amigo me dijo:

- Si te gusta la música y te agobia el trabajo, deja el trabajo para estudiar sólo música.

Me quedé muy sorprendido porque no era el tipo de consejo que esperaba. Esa reflexión se quedó en mi cabeza durante tiempo y me sirvió para tomar meses más tarde una decisión que cambiaría mi vida.

***

Ahí estaba yo, delante de la morenita de veintipocos que me había robado el corazón esa noche.

No sabía qué decirle pero tenía claro que tenía que hacer algo cuanto antes. No quería parecer el típico baboso que está acechando un buen rato pero no se atreve a pasar a la acción.

Me acerqué a ella y le dije al oído lo primero que se me pasó por la cabeza:

- Me has gustado desde el momento en que te he visto.

Por fin, ya lo había dicho. Separé mi cabeza de la suya para ver su reacción mientras mis pulsaciones se aceleraban.

Ella hizo una especie de mueca y me dijo algo así como que tenía que irse.

No volví a verla.

Mis amigos me preguntaron qué había pasado. Cuando se lo expliqué empezaron a reír a carcajadas. Imaginad mi situación, después de que la chica me dejara plantado, mis mejores amigos me humillaban partiéndose de risa. ¡Cómo se reían, los cabrones!.

Lo peor es que la cosa no quedó ahí. Durante meses mis amigos me soltaban mi ingeniosa frase:

- Me has gustado desde el momento en que te he visto. ¡JA JA JA!

O cosas del estilo:

- ¿Por qué no le dices a esa de ahí tu gran frase?

***

Lo que crees que te gusta y lo que realmente te gusta

Creo que cada uno debería hacer lo que realmente le gusta. Es fácil decirlo pero no tanto lograrlo.

¿A cuántas personas conoces que les guste realmente su trabajo?

La perfección no existe pero sabes cuándo estás en el sitio equivocado porque la insatisfacción es mayor que los beneficios que obtienes. Quizá no te dan suficiente autonomía: te sientes controlado y con poco margen de decisión. A veces no puedes desarrollar las habilidades que te gustarían. Otras veces el problema es la gente con la que trabajas: no hay sintonía, tampoco hay iniciativa o ganas de innovar… Y en ocasiones el problema es que no le encuentras un propósito auténtico a lo que estás haciendo (aparte de ganarte un sueldo).

Lo que mueve a las personas no es tanto la motivación extrínseca (sueldo, primas, ascensos…) como la motivación intrínseca (tus deseos y necesidades auténticas).

¿Qué te gusta hacer realmente?

¿Qué se te da bien hacer?

Lo ideal es que respondas lo mismo a las dos preguntas anteriores aunque sospecho que si realmente te gusta algo, acabarás haciéndolo bien con la práctica deliberada y continuada.

Hubo un tiempo en que me hubiera gustado ser músico de jazz. Lo intenté pero vi que el esfuerzo que implicaba no me compensaba. Creía que me gustaba ser pianista de jazz pero en realidad me gustaba sólo la idea de ser pianista. En cambio, no me gustaba tener que practicar varias horas cada día.

Con todo, tardé un tiempo en darme cuenta de que el piano no era lo mío. Después de la conversación con mi amigo César decidí que dejaría mi trabajo de programador en una multinacional para dedicarme un año entero a estudiar música. Esperé un tiempo porque quería acabar un proyecto grande en el que estaba metido. Aproveché para ahorrar para no tener que trabajar esos doce meses.

Ese año fui muy feliz. También dediqué parte del tiempo a la fotografía, otra de mis pasiones. A pesar de que acabé dejando la música al cabo de unos años estoy satisfecho de haber dejado mi trabajo de programador. Eso sí que no me gustaba.

Nunca me ha gustado trabajar ocho horas en una oficina con el trasero pegado a la silla. El primer día que lo hice tenía veinticinco años. Pensé:

- ¿Voy a tener que hacer esto los próximos cuarenta años?

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"Do it. Do it for you. Do it for your own happiness. Do it so your life has meaning. Do it so you can be." ~ See-ming Lee

Actitud tester: unas veces se gana y otras veces se aprende

A pesar del ridículo que hice esa noche en la Sala Apolo, lo que hice fue mejor que quedarme en casa lamentándome de lo injusto que era el mundo porque no tenía novia.

Había probado algo y no había salido bien. Tendría que probar otras técnicas, cosa que hice y que acabó dando frutos con el tiempo.

Sin saberlo entonces, había tomado la actitud de un tester para encontrar novia.

En mi época de programador yo estaba en el equipo de desarrolladores. Otros compañeros formaban el equipo de testers. Entre nosotros había una sana rivalidad. Nuestra misión era “construir cosas” y la suya consistía en encontrar nuestros fallos. Son dos formas muy distintas de pensar. La mayoría de personas tenemos mentalidad de programador: ideamos y hacemos cosas pero pocas veces las ponemos realmente a prueba.

Necesitamos desarrollar también la mentalidad de tester.

Cuando actúas como tester, experimentas y buscas los fallos continuamente. Un buen tester no da nunca nada por hecho, siempre lo pone a prueba. Esto no resulta fácil cuando pruebas algo que tú mismo has creado. Tu orgullo se resiente cada vez que encuentras un fallo propio. Hay que superar esa actitud y pensar distinto. Que no busques fallos no significa que no estén, es mejor encontrarlos y arreglarlos que ignorarlos por completo.

Alguien con mentalidad de tester que quiere lograr algo aplica los siguientes pasos:

  1. Definir objetivo.
  2. Experimentar, en muchos casos implica fallar.
  3. Aprender del experimento, normalmente con métricas.
  4. Repetir desde el paso 2 hasta lograr el objetivo o pivotar (cambiar el objetivo inicial manteniendo parte de lo que queríamos).

Podríamos resumirlo así:

Prueba – Falla rápido – Aprende – Repite

Lo de fallar rápido es importante. Si quieres crear una aplicación para móviles y tardas seis meses en hacerla para luego ver que nadie la descarga has aplicado la mentalidad del programador. Con la mentalidad de tester crearías una aplicación mínima en menos tiempo, la lanzarías al mercado y verías qué ocurre. Podrías decidir hacer otra aplicación si nadie la ha descargado o introducir cambios en función de las métricas que has definido. Pero siempre haciendo experimentos y quedándote con lo que da mejores resultados.

La mentalidad de tester te ayudará en muchos ámbitos de tu vida (además de encontrar pareja). Se trata de suponer menos y probar más aunque tengamos fallos por el camino. Algunos de esos fallos serán bochornosos cuando ocurran pero con el tiempo incluso nos reiremos de ellos. Lo importante es seguir probando hasta lograr nuestro objetivo.

Prueba – Falla rápido – Aprende – Repite

Un aprendizaje continuo mediante experimentos.

Un aprendizaje que se acelera gracias a mentores o a compañeros de batalla con espíritu de zetatesters tal y como me ocurrió en mi periplo para encontrar novia. Pero eso lo dejo para un futuro artículo.


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